Que la vida iba en serio lo aprende uno tarde y mal. A mí me lo decían, pero me parecía un tanto lejano, por no decir surrealista. Es cierto, los años a partir de la veintena pasan como perseguidos por el diablo. Y no hay más que hablar. A un tiempo te matriculas en la Universidad, haces pellas, piardas o como quieras llamar a esas horas dilatadas en la cafetería con los colegas, haces planes de futuro (unas veces vas a ser reportero de guerra, otras encargado del Mcdonald, las que menos redactor en algún periodicucho de provincia, qué sé yo), solicitas una veintena de prácticas decididamente atractivas (antes de saber, por supuesto, que vas a dedicarte a sacar fotocopias diez horas al día, quince días a la semana) y te prometes todas las mañanas que tú y tu churri vais a vivir una vida emocionante, llena de sorpresas (lo de la rutina no es para vosotros) en alguna ciudad maravillosa, rodeados de gente interesante y arriesgada, no sé, por decir algo...
El caso es que nunca te planteas que al cabo de los años, cuando hayas terminado la ‘Uni’ y los cursos de postgrado a golpe de talón y tengas en la mano tu título de Licenciado (con mayúsculas, que ahora eres un tipo importante), todas tus fantasías sobre lo que la vida te tenía reservado vienen a ser como el ‘Sueño Americano’: Humo. Porque, al fin y al cabo, todos imaginamos alguna vez (unos más que otros) que todo sería distinto para nosotros, que seríamos especiales de alguna manera. Que lo de pasar la noche en vela trabajando seguiría reservado al pobre pescaero, al panaero y a las putas. Y lo de hacer malabares para llegar a fin de mes no lo veríamos ni por asomo. No señor. Porque, a pesar de que nuestras madres nos lo venían advirtiendo (“que la cosa está mu mala, a ve si te sale argo y te empieza a saca unos durillos... tú vete metiendo la cabeza, que nadie te regala na...”), en realidad piensas que tu vieja chochea y que lo tienes todo controlado. Confias en que eso les pasa a otros, pero no a ti, que eres especial. ¡Vaya, que no te has pasado toda la vida soñando con ser astronauta para acabar ahora de barrendero!
Pero es lo que hay. Y con esto me refiero a todo en general. A que llega un momento en que te das cuenta de que tu vida no es como la has soñado. Nadie sueña con una vida mediocre. Esperabas que algo extraordinario ocurriera. Porque así lo habías imaginado. Y vivirías fantásticas aventuras y todo sería maravilloso. Pero no es así.
¿Y ahora qué? Pues tendremos que aprender a vivir a ras de suelo y no por los aires, a mantener, a pesar de todo, ciertos sueños. Aprender a crecer, a ser un poco adultos de vez en cuando. Así que seguiré rondando por estos lugares, yo, que estoy en pleno proceso de reconstrucción, intentando asimilar que no ha ocurrido nada extraordinario después de la carrera, y que todo ha cambiado, sin embargo... ¡Qué vida ésta! No es para soñadores...
Nota. A los panaeros, pescaeros, barrenderos y putas: ¡Ole, la vida del currante! Y mi más sincero respeto.
¡Vaya si estoy de acuerdo contigo! Yo llevo cuatro becas de prácticas y todavía no me han dado ni ls gracias ni un buen viaje cuando me mandan a paseo. Esto no es vida...